Se me ocurren pocos sentimientos peores que aquel que se deriva de la conciencia final, de saber, como quien presencia una revelación, que ese alguien que ha sido tan, tan importante, se desinfla a lo largo de un trayecto de cuya existencia no tienes conocimiento hasta llegar a ese punto, a ese extremo en el que no quedan vestigios de confianza, en el que tienes que asumir -especialmente ante tu yo más obstinado- que esta vez sí, que c'est fini, que, contra toda resistencia interior, no hay más. No va más, no quedan quizás. Que topaste con la palabra más temida: jamás.
insólito, -ta
adj. Que es extraordinario o está fuera de lo común.

Si me pidiesen que personificara esta palabra, desde luego que la duda no asomaría en mí ni tan sólo de manera minúscula porque insólito es él. Él es esa mano que te lleva hacia lo imposible, que te eleva para que abraces lo intangible, que permite que la vida tenga el nivel de saturación necesario. Él es un ratón que hoy cumple un año más pero, en su caso, nunca más puede significar menos; más siempre y sólo puede ser más: más carcajadas, más abrazos, más sonrisas, más anécdotas, más bizarradas, más vermouth y más cerveza, más atardeceres y amaneceres, más ideas, más música, más sueños, y más y más etcéteras.
No puedo dejar de comer, es inevitable, ya no porque sea imposible de parar sino porque realmente deseo hacerlo. Sucede lo mismo con el terminar las mañanas confesando mis crisis existenciales tan habituales al primer desconocido que se aproxime (o al que me aproxime, a quién puede importarle, en todo caso a él y nunca dice nada porque no hay gran cosa que pueda añadir). En realidad emplear el adjetivo calificativo "desconocido" para referirme al sujeto pasivo de mis -en exceso corrientes y exacerbados- lamentos no les hace gran justicia.
Por otra parte, tengo en el cuerpo la sensación de llevar en mis entrañas a un extraterrestre, pues un extraterrestre dentro debe de doler bastante; cómo me duele todo el cuerpo. Y aún continúa en mis glándulas pituitarias el olor a ajo de la mujer que me ha acompañado esta mañana en el autobús. Esa odiosa fragancia alioli que, dicho sea también, en las patatas resulta tan adorable. O en un tiempo pasado, en el cual aún tenía quién las preparara para mí. Y hoy he parado un buen y largo rato donde otrora te esperaba. Repudio la condescendencia, tu condescendencia, pero no a ti. Sí, en este preciso momento cabe que diga algo tan falto de sentido como que te quise y cursiladas del estilo, cuando ya poco puede hacerse porque ni siquiera estás cerca. A saber en qué cama y con qué persona andas. Pero en fin, la vida no es más que una incongruencia tras otra. Y retroalimentación: yo absorbo al mutismo, él me absorbe a mí. Mutismo selectivo; esta vez sí, selectivo. Justamente selectivo.
Por otra parte, tengo en el cuerpo la sensación de llevar en mis entrañas a un extraterrestre, pues un extraterrestre dentro debe de doler bastante; cómo me duele todo el cuerpo. Y aún continúa en mis glándulas pituitarias el olor a ajo de la mujer que me ha acompañado esta mañana en el autobús. Esa odiosa fragancia alioli que, dicho sea también, en las patatas resulta tan adorable. O en un tiempo pasado, en el cual aún tenía quién las preparara para mí. Y hoy he parado un buen y largo rato donde otrora te esperaba. Repudio la condescendencia, tu condescendencia, pero no a ti. Sí, en este preciso momento cabe que diga algo tan falto de sentido como que te quise y cursiladas del estilo, cuando ya poco puede hacerse porque ni siquiera estás cerca. A saber en qué cama y con qué persona andas. Pero en fin, la vida no es más que una incongruencia tras otra. Y retroalimentación: yo absorbo al mutismo, él me absorbe a mí. Mutismo selectivo; esta vez sí, selectivo. Justamente selectivo.
Cuando vuelvo a casa siempre subo andando las escaleras y, al llegar al segundo piso, la luz del descansillo se apaga. Día tras día. Con toda probabilidad, tan sólo sea ésta una cuestión de programación, pero prefiero creer que es cosa del destino. La fatalidad y su belleza no pueden ser mal acogidas, sobre todo en un mes tan lúgubre como enero.
Si en realidad somos lo que deseamos, lo que buscamos, entonces esa persona que aparece cuando me asomo a un espejo es una amalgama de incongruencias. Un gato negro, un pingüino, un piso en Ópera, un apartamento en Montparnasse, el 2.55 de Chanel, un vestidor enorme o un año en Bolonia. No me preocupa lo frívola que pueda parecer, así como tampoco me quita el sueño el no llegar a encontrarme. Lo único que tiene verdadera importancia es el punto de partida y, por primera vez, no es prolijo sino real. Tan cristalino e inmaculado como frágil, pero ése es otro asunto.
Son muchos minutos los ya perdidos. Tiempo, precisamente lo único irrecuperable. Y, a pesar de ello, la más sana conclusión que puedo acariciar es la más absurda de todas las probables. Quizá el secreto está en el total desligue, en aparcar la preocupación por la plenitud y asumir el vacío. Igual ése es el único método para ser feliz, para comprender al fin lo que sucede entre mi mundo y el tuyo —tan terrible y lejano—, para alcanzar una existencia conforme a la mejor alternativa posible. Tal vez negándome a mí misma consiga colocarme en tu posición, entenderte. Suponiendo que discernir conlleva, en última instancia, la paz.
Los trenes no esperan, las oportunidades tampoco. Podemos tratar de controlar el tiempo para alcanzarlos con solvencia. Dejarnos absorber por los minutos asumiendo que tendremos que aguardar al siguiente. Correr con el fin de llegar a ellos antes siquiera que la luz, que nuestra respiración se corte y nuestro alma escape por cada uno de nuestros poros; confiar en que entonces se cumplirá el margen de error e incluso quedarán aún asientos sin ocupar. O subirnos a él en marcha. A veces, el fin sí justifica los medios.
Veinte años construyendo mi personalidad sobre una fortaleza inquebrantable y apenas quince días han sido suficientes para demolerla. Podría extrañarme, asustarme —lo que constituiría un atisbo claro de toda racionalidad—, pero si me detengo durante un instante soy plenamente consciente de mi total indiferencia ante tal hecho. De hecho, incluso me gusta. Cuando mamá estaba embarazada, se electrocutó conmigo dentro; así consigo explicarme los cortocirtuitos de mi cerebro y sus consiguientes incongruencias.
Se supone que ya debería estar curada de espanto, pero nada se encuentra más lejos de la realidad. Cuando ya brindaba por mi capacidad de neutralización suceden cosas que me hacen recular, retroceder, caerme de culo sobre aquella montaña de caos e incertidumbre. En el fondo, nada nunca es suficiente. Y la idea más brillante que pasa por eso que hago llamar "mi cabeza" es dejarme comer por la humedad, hundirme en la espesa negrura. Sacar la botella de vodka escondida entre pañuelos y dejarme arrastrar. No me importa el dónde, siempre que se me permita hacer vida en horizontal.
Tras apagar el cigarro, el humo persiste. Siempre queda algo aún por consumir, y el paso lento de los segundos se encarga de continuar con las caladas, poco a poco, alargando el final. Es macabrodejarse hipnotizar por los aros que escupe el cenicero. Pero necesario. Casi tanto como esa extraña y común manía de prolongar las despedidas, de recrearnos en las lágrimas que hablan por nosotros. De recordar una y otra vez algo que agoniza, pretendiendo que, ahora, cuando el tiempo ya sólo corre si es en nuestra contra, renazca y vuelva a ese punto en el que todo era posible. Cuando existíamos en los mismos términos y no nos habíamos arrollado. Pero el cigarrillo nunca renace de sus propias cenizas, y toca buscar el mechero rojo para volver a encenderse otro.

Juré que nunca más pondría ese disco, que jamás volvería a escuchar esas canciones, pero mi determinación es tan volátil como una flor de ángel. En mi vida al final todo regresa, pero siempre de un modo incompleto, y ahí reside el problema. Vuelven los recuerdos, las imágenes de aquello, pero quien lo protagonizó siempre queda estancado en el pasado, siempre duerme plácidamente en su cama mientras me dejo torturar en mi respectivas sábanas rescatando incluso los olores de esos años. Y qué voy a hacer si lo adoro al mismo rato que lo maldigo. Sigues siendo tú quien me completa, amén de que lo desmienta en cada instante. Y si no vas a regresar, si continúas tu camino en algún lugar lejos de mi universo, no me impidas recrearme en tu dedo bajando por mi garganta, en tu olor entremezclándose con el mío, en las sábanas que se comportaban como una extensión de la persona que tú y yo formábamos. Todavía no sé si fue tu toxicidad o la mía la culpable de destruirlo, pero qué importa eso a estas alturas, cuando las fuerzas flaquean y lo único que quiero y necesito es desfallecer del todo, terminar el show. Dame fuego y pulsa el play.


Aunque con dos días de retraso, bienvenido seas, septiembre. El mes en el que todo se tercia de color pastel, desde el suelo hasta el cielo. Me gusta la tranquilidad y la seguridad que me aporta el volver a la rutina, a los quehaceres, a la ocupación. La ociosidad de los últimos días de verano es inevitablemente aterradora. De primeras, odio agosto y su monotonía, aunque luego, para mi pesar o mi sorpresa, ocurran cosas maravillosas en sí mismas. Noches en cualquier casa, los zapatos azules y los tickets de Renfe y metro en el bolsillo. Falta de estabilidad y demasiadas horas para pensar. ¿El presente sería diametralmente opuesto si tú y yo no nos hubiésemos conocido de ese modo y en esas circunstancias? Nadie puede contestarme, ni siquiera tú (ergo, eres nadie), y ahora llueve.
Hay mañanas que me invitan a imaginar bosques solitarios bañados en niebla. Mañanas con una atmósfera onírica, donde la felicidad apenas sí puede diferenciarse de la tristeza más pura. Como esa niña de vestido blanco que, tras correr pradera abajo con gran emoción, termina recostada en el frondoso césped, llorando porque la margarita que había cogido al inicio de su aventura está destrozada y porque el paisaje que vislumbra es tan bello que reprimir las lágrimas resultaría imposible o un delito. Mañanas de gran incapacidad para distinguir entre arriba y abajo. Mañanas de caminos complicados. De luces tenues y concentradas. De esperanza y pérdida. De efusividad y reposo. De realidad y ensueño.
¿Esforzarme en recordar? ¿Con qué sentido? No, prefiero cerrar los ojos y visualizar un mar sosegado. Dejarme llevar por melodías frescas, ligeras, lobotomizadoras y capaces de acabar por fin con todos los vestigios de aquel dolor, pues ya de nada sirve conservarlos. Dicen que una etapa termina para dar comienzo a otra, y no seré yo quien lo niegue.
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