Se me ocurren pocos sentimientos peores que aquel que se deriva de la conciencia final, de saber, como quien presencia una revelación, que ese alguien que ha sido tan, tan importante, se desinfla a lo largo de un trayecto de cuya existencia no tienes conocimiento hasta llegar a ese punto, a ese extremo en el que no quedan vestigios de confianza, en el que tienes que asumir -especialmente ante tu yo más obstinado- que esta vez sí, que c'est fini, que, contra toda resistencia interior, no hay más. No va más, no quedan quizás. Que topaste con la palabra más temida: jamás.