Veinte años construyendo mi personalidad sobre una fortaleza inquebrantable y apenas quince días han sido suficientes para demolerla. Podría extrañarme, asustarme —lo que constituiría un atisbo claro de toda racionalidad—, pero si me detengo durante un instante soy plenamente consciente de mi total indiferencia ante tal hecho. De hecho, incluso me gusta. Cuando mamá estaba embarazada, se electrocutó conmigo dentro; así consigo explicarme los cortocirtuitos de mi cerebro y sus consiguientes incongruencias.

1 comentario:

Ägide dijo...

Profundo. Como todo lo que construimos y los segundos son como pólvora sobre la vida de una persona... ambas ante su presencia terminan de nigual rapidez, ligereza y a veces crueldad...